
Elisa Álvarez
Psicóloga Social
Presidenta de ADACI (Asociación para el Desarrollo de las Altas Capacidades Intelectuales)
Coordinadora de GAR (Grupos de Alto Rendimiento Intelectual)
Experta en diagnóstico y educación de alumnado con alta capacidad
Si le pidiese que nombre una personalidad en ciencia, es muy probable que piense en Einstein. Aunque sabe que Marie Curie pertenece al reducido círculo de quienes han conseguido dos premios Nobel en distintas disciplinas científicas. Nunca se la menciona hablando de sobredotación, habitualmente se la alude cuando reivindicamos el papel de la mujer en la ciencia, no cuando usamos la representación de personalidades científicas.
Sin duda hay muchas más cosas en la vida que la ciencia. Si insisto, y le invito a pensar en personas excepcionales que nos enriquecen la vida con sus producciones, quizás imagine disciplinas artísticas, y podría ser Picasso, Mozart… Por lo general sigue siendo un varón, por mucho que últimamente se empodere, justa y tardíamente a Frida Kahlo, siendo su marido quién tuvo mayor reconocimiento en su época.
Voy a seguir insistiendo y solicitando que piense en alguien por su generosidad humanitaria, por su empatía, por su sacrificio… Ahí podría surgir el nombre de una mujer: Teresa de Calcuta, si la antepone a Gandhi.
Tenemos instalados arquetipos y no somos conscientes de hasta qué punto nos invaden. Condicionan de forma inadvertida, inconsciente, nuestro día a día, el pensamiento y comportamiento.
En 2011, la identificación de alta capacidad incluía a 142 escolares; es decir, el 0,8 por mil del alumnado escolarizado en la CAPV.
Actualizando datos, con los del Ministerio de Educación del pasado curso, en nuestra Comunidad Autónoma (País Vasco), el alumnado identificado con altas capacidades ascendía a 564, de los que 407 eran hombres y 157 mujeres; es decir, estaba identificado el 0,15%. cuando la menor prevalencia que se utiliza es del 3%.
Si comparamos los porcentajes separados por sexo, tenemos una identificación del 0,05% de las niñas, mientras que a sus compañeros varones se ha reconocido por esta característica al 0,1%.
Estos números reflejan con claridad una situación, hablan por sí mismos, pocas explicaciones superan la elocuencia de estos datos. Evidencian la doble excepcionalidad que implica ser mujer y alta capacidad.
Hace años se viene investigando la gran brecha instaurada en alta capacidad para hombres y mujeres, y hay estudios preocupantes. Aunque las chicas suelan ser académicamente más brillantes que los chicos, mimetizan antes en su entorno y no disponen del suficiente crédito social, son más reacias a proponerse para ascensos, su autoridad aparece mermada frente ellos. Las familias, aunque abogan por la independencia económica de sus hijas, tienen aspiraciones profesionales más bajas.
No es habitual la anécdota que tenemos de una niña de Infantil, con el arrojo de parar a sus profesoras en el pasillo para pedir una reunión con ellas, alegando su necesidad de conocer, que podía hacer ella para estar en el curso siguiente, al que empezaba a acudir en un proceso de aceleración académica.
Si aceptamos la premisa, y partimos de que nuestro modelo social nos condiciona más sibilinamente de lo que podemos aceptar, es posible que el resto lo entendamos mejor.
El entorno social percibe en las niñas ciertas características y otras en los niños; cuando se destaca académicamente: el niño es listo, la niña es trabajadora. Cuando despunta por sus habilidades sociales: el niño es líder, la niña es manipuladora. Hace tiempo que ha dejado de asombrarme escuchar estos dos términos que tanto difieren, ante los mismos indicadores. Esta clasificación aparece con la mayor naturalidad y rotundidad.
Debemos reconocer a las niñas como un colectivo desprotegido para identificar su capacidad. No es un problema suyo, sino nuestro, perciben excesivas limitaciones. Hace tiempo que nos planteamos que las pruebas que utilizamos para cuantificar capacidades cognitivas, se inclinan a un modelo social basado en las habilidades tradicionalmente valoradas en los hombres, y pueden incluir un sesgo significativo para identificar a las mujeres.
Existe demasiado reparo ante la alta capacidad, como para expresar, o trasmitir que una niña lo es. Se perciben intrusas, con una singularidad que las distancia del espacio común; pero ante una nueva realidad, que tampoco parece aceptarlas. La mujer, que tradicionalmente ha sido la trasmisora del modelo social, no parece dispuesta a incluirse en un estatus con tan escaso pábulo social, y tan eminentemente masculino.
Es imprescindible identificar a las niñas cuanto antes, su comprensión de nuestra construcción social, les lleva a tomar la decisión de pasar desapercibidas, pretenden que no se visualice en ellas esa característica, a ser posible ninguna diferencia. Parece obligado no destacar, y resulta incomprensible que no tomemos constancia de que esa decisión implica un proceso metacognitivo.
Ana, con 4 años dejó de levantar la mano en clase para preguntar, cuando le pedí que me comentara sus razones, escuetamente me respondió: – «Porque me va mejor».
El pudor que implica ser alta capacidad se pretende sustituir por incluirse como altamente sensibles, abandonando el espacio más específicamente cognitivo y te adentras en lo subjetivo. El término parece generar menos rechazo, cierta empatía, y hasta se percibe como menos agresivo.
La sensibilidad se refiere a la intensidad de respuesta ante un estímulo. Es habitual que la alta capacidad pueda acompañarse de sensibilidad sensorial: a los ruidos, a los olores, a los sabores, al tacto, muy habitual es la molestia por las costuras. Se es altamente sensible a la luz si tienes la pupila dilatada.
El término altamente sensible que empieza a aceptarse y popularizarse, aunque no explicita demasiado, está resultando útil para incorporar la singularidad de las mujeres, pero no para reivindicar y permitir eclosionar sus potenciales cognitivos.
Hemos tardado un siglo en hacer pruebas fehacientes para baremar distintas habilidades y capacidades, torcer el rumbo, renunciar y dejar el término fuera del alcance de las mujeres, me parece dejación.
También tenemos que reconocer que después de muchos años insistiendo en la necesidad de un cambio social, de modificar la percepción respecto al colectivo de las altas capacidades, por fin triunfa el modelo psicosocial que venimos reivindicando, el Departamento de Educación de Gobierno Vasco replica el discurso psicosocial que hemos mantenido en su plan de atención educativa para el alumnado de altas capacidades. Es un paso hacia delante, pero no hay tiempo para la complacencia, aún queda tanto por hacer…
